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Mi primer árbol: una relación espiritual con la tierra y la comunidad

Escrito por Jocabed Solano | Sep 6, 2023, 6:05:36 PM

 

Mi primer árbol: una relación espiritual con la tierra y la comunidad

 

Una ceremonia del pueblo Gunadule conecta el nacimiento, la comunidad, la tierra, la memoria y el cuidado. A través de la siembra de un árbol, una niña o un niño aprende que pertenece a la tierra y que todas las relaciones son importantes.

 

Una ceremonia que comienza con el nacimiento

 

Era el tiempo de Bardud, la planta medicinal utilizada por los inadules (médicos gunadules) para prevenir enfermedades en los niños y niñas. En este mes de Bardudnii, el mes de diciembre del calendario occidental, fue cuando nací.

 

El nacimiento en la comunidad gunadule es motivo de celebración. El día que mi mamá dio a luz, la familia estaba lista para recibir al nuevo miembro, a la bebé; así que las abuelas y los abuelos se prepararon para este nacimiento. Cuando salí del vientre de mi madre, ellos tomaron la placenta y el cordón umbilical. Estaban preparados para celebrar la primera ceremonia que se realiza para todo niño gunadule: la ceremonia de mi primer árbol.

 

El significado de mi primer árbol

 

Este ritual expresa la importancia de las relaciones en la comunidad guna. Los seres humanos somos parte de la comunidad cósmica. Pertenecemos a la tierra.

Mientras el llanto del bebé anuncia su llegada a la comunidad, los abuelos y las abuelas realizan una ceremonia que marcará y traerá a la memoria nuestra profunda manera de entender la vida.

 

Todo nacimiento, para el pueblo gunadule, habla de las bondades de Dios. La mamá se prepara para este momento con brebajes o pócimas y toma sus porciones según la indicación del médico, hasta el momento del parto.

 

Cuando la mujer está lista para el alumbramiento, se dirige a la casa de la abuela, donde la esperan las parteras, que son conocedoras de todo el ritual.

 

La placenta y el cordón umbilical son tratados de manera especial: no se botan, no se tiran a la basura. Cuando la bebé o el bebé nacen, se recogen la placenta y el cordón umbilical y se sahúman con semillas de cacao; más tarde, al anochecer, se llevan a la casa de los padres.

 

Junto con el cordón umbilical, los padres y las madres siembran una planta de plátano, guineo, una palmera de coco o cualquier árbol frutal.

 

Cuando el árbol da su primer fruto y este madura, se prepara un jugo y se invita a las niñas y niños de la comunidad, también a las parteras. Los padres y las madres les cuentan a los niños la memoria de este lazo de unidad.

 

Con voz fuerte y firme dicen lo siguiente:

 

“Nosotros somos parte de la tierra. En el jugo que tomamos hoy, nos unimos, recordando nuestro origen. Nosotros estamos unidos a la Madre Tierra, a nuestra hermanita que nació, a los frutos de la tierra, a nuestros abuelas y abuelos.

Estamos unidos a Nana y Baba.

 

Todos, cuando pasen y vean el árbol, lo cuidarán, hablarán con la semilla, con la tierra y el agua. Cuando finalmente el árbol da su primer fruto, se hará un refresco y se invitará a los niños y niñas para que puedan beber de este jugo.

 

Ese día, una vez más, mientras se bebe el jugo, los padres del bebé le recordarán a los niños de la comunidad que todos estamos conectados con Dios, con la tierra, con los ancestros, con la familia, con la niña o con el niño. Les recordarán que somos una comunidad cósmica”.

 

Todas las relaciones son importantes

 

Esta ceremonia y vivencia del pueblo Gunadule nos enseña varios elementos importantes en el desarrollo espiritual socioecológico de toda persona.

 

Lo sagrado de la vida y la dignidad intrínseca de todo ser humano se reconocen al entender que la vida es un don que procede del Creador. Esta espiritualidad está basada en relaciones de armonía, donde cada persona es parte fundamental de la comunidad; y cuando la comunidad y las relaciones están fragmentadas, esto afecta la vida comunitaria.

 

El nacimiento del bebé es señal de bendición del Creador para la comunidad. Esta bendición conlleva responsabilidad, ya que la comunidad juega un papel importante en la formación de la niñez. Es por eso que en la ceremonia Gunadule se recuerda, a través de cultivar el árbol, la importancia de educar para la vida con una conciencia de que todas las relaciones son muy importantes y que cada acción que realizamos influye de manera positiva o negativa en el otro. Y al pensar en el otro, no solo en la humanidad, sino en la comunidad, en todos los seres vivientes que habitan en el planeta.

 

El árbol como vínculo entre la niña, la familia y la comunidad

 

El plantar el árbol para el bebé nos recuerda nuestro sentido de pertenencia a la tierra y la responsabilidad de cuidar al bebé, pero también al árbol. Mientras el bebé no puede cuidar su árbol, la familia y la comunidad lo cuidan por ella o él. Pero al crecer la bebé y hacerse una niña, ella debe cuidarlo y reconocer la reciprocidad en la que ella da y recibe de su árbol. Este sentido de ser parte de algo le da identidad como hija de la tierra.

 

Además, la ceremonia nos recuerda cómo es que estamos unidos unos con otros y a valorar de dónde venimos.

 

Dios, la tierra y nuestro origen

 

En el libro de Génesis, capítulo 2:7, leemos que Dios tomó el barro y sopló aliento en el ser humano. Este relato nos recuerda nuestro origen en Dios y en la tierra.

Los cantos y la ceremonia gunas de mi primer árbol también nos recuerdan que el Creador nos dio vida y que somos hijas de la tierra.

 

Esta espiritualidad basada en las relaciones de armonía con el Creador y la creación es parte fundamental de la educación de la niñez en el pueblo Gunadule. A la niñez se le enseña esta ética de la vida: somos tierra, pues pertenecemos a ella.

 

Esta relación socioecológica es la que los abuelos y las abuelas de la comunidad recuerdan a la comunidad guna: que todas las relaciones son importantes y hay que cuidar de ellas. Así se crea sentido de pertenencia, de familia y de conciencia del cuidado de la tierra y del territorio.

 

También se educa comprendiendo que la vivencia en la comunidad tiene implicaciones cósmicas, pues no tener relaciones saludables con todo el planeta y el Creador influye en el desequilibrio de la vida.

 

Además, va creando conciencia ética de que cuidar de la tierra es cuidar de todos. Y eso implica qué comemos y cómo comemos, como un acto de resistencia en medio de los sistemas de muerte que existen en la tierra.

 

Cultivar la tierra como educación para la vida

 

Para los abuelos gunadule, la pobreza no es no tener dinero; pobreza es no saber amar, conocer y cultivar la tierra.

 

Por eso, una relación espiritual socioecológica para la educación de la niñez debería tener estos principios éticos de la vida: la riqueza de poder vivir con libertad al aprender a cultivar la tierra, ya que esto tiene implicaciones políticas.

 

Pues lo que comemos y llevamos a la mesa debería ser un derecho que los seres humanos tuviéramos que tener en nuestra nutrición. Este enfoque de soberanía alimentaria se va desarrollando al transcurrir el tiempo y en su relación de cuidado de la tierra como una educación para la vida.

 

El canto orado de la abuela en la hamaca para su bebé es que, cuando crezca, recuerde que cada relación es importante y que debemos cultivarla, manteniendo el equilibrio mientras caminamos en esta nega (casa).